Roma no consolidó su dominio únicamente gracias a la calidad de sus soldados, sino a una logística superior y a una capacidad excepcional para recomponer sus fuerzas allí donde otros habrían desistido.
La superioridad militar de Roma se basó en una combinación de disciplina, tecnología y organización. El gladius hispaniensis, diseñado para la estocada, y el scutum permitían combatir en formaciones cerradas altamente eficaces, mientras que el pilum inutilizaba los escudos enemigos antes del choque cuerpo a cuerpo.
Roma destacó también en el asedio, empleando máquinas como la balista y el onagro, capaces de destruir murallas y minar la moral del adversario. Los estandartes también eran importantes, especialmente el Aquila, pues reforzaban la cohesión y servían como referencia en combate.
A ello se sumaba una avanzada ingeniería de campaña, que permitía levantar campamentos fortificados en pocas horas, y una notable capacidad de adaptación naval, como el uso del corvus, que transformó las batallas marítimas en combates de infantería. La expansión romana fue, en esencia, el resultado de una sofisticada ciencia militar y una logística sin precedentes.